LENIN

      ¿Qué hacer?

      Problemas candentes de nuestro movimiento

      III. Política tradeunionista y política socialdemócrata

      Comenzaremos una vez más haciendo un elogio de Rabócheie Dielo. En su número 10 publica un artículo de Martínov sobre las discrepancias con Iskra, titulado Las publicaciones de denuncias y la lucha proletaria. "No podemos limitarnos a denunciar el estado de cosas que entorpece su desarrollo (el del partido obrero). Debemos también hacernos eco de los intereses inmediatos y cotidianos del proletariado" (pág. 63). Así formula Martínov la esencia de esas discrepancias. "Iskra… es de hecho el órgano de la oposición revolucionaria, que denuncia el estado de cosas reinante en nuestro país y, principalmente, el régimen político… Nosotros, en cambio, trabajamos y seguiremos trabajando por la causa obrera en estrecha conexión orgánica con la lucha proletaria" (ibíd.). Es forzoso agradecer a Martínov esta fórmula. Adquiere un notable interés general, porque, en el fondo, no abarca sólo, ni mucho menos, nuestras discrepancias con R. Dielo: abarca también, en general, todas las discrepancias existentes entre nosotros y los "economistas" respecto a la lucha política. Hemos demostrado ya que los "economistas" no niegan en absoluto la "política", sino que únicamente se desvían a cada paso de la concepción socialdemócrata de la política hacia la concepción tradeunionista. De la misma manera se desvía Martínov, y por eso estaremos dispuestos a tomarlo por modelo de las aberraciones economistas en esta cuestión. Trataremos de demostrar que nadie podrá ofenderse con nosotros por esta elección: ni los autores del Suplemento especial de "Rabóchaya Mysl", ni los autores del Llamamiento del Grupo de Autoemancipación, ni los autores de la carta "economista" publicada en el núm. 12 de Iskra.

        a. La agitación política y su restricción por los economistas

      Todo el mundo sabe que la lucha económica* de los obreros rusos alcanzó gran extensión y se consolidó a la par con la aparición de "publicaciones" de denuncias económicas (concernientes a las fábricas y los oficios). El contenido principal de las "octavillas" consistía en denunciar la situación existente en las fábricas, y entre los obreros se desencadenó pronto una verdadera pasión por estas denuncias. En cuanto los obreros vieron que los círculos socialdemócratas querían y podían proporcionarles hojas de nuevo tipo –que les decían toda la verdad sobre su vida miserable, su trabajo increíblemente penoso y su situación de parias -, comenzaron a inundarlos, por decirlo así, de cartas de las fábricas y los talleres. Estas "publicaciones, de denuncias" causaban inmensa sensación tanto en las fábricas cuyo estado de cosas fustigaban como en todas las demás a las que llegaban noticias de los hechos denunciados. Y puesto que las necesidades y las desgracias de los obreros de distintas empresas y de diferentes oficios tienen mucho de común, la "verdad sobre la vida obrera" entusiasmaba a todos. Entre los obreros más atrasados e propagó una verdadera pasión por "ser publicado", pasión noble por esta forma embrionaria de guerra contra todo el sistema social moderno, basado en el pillaje y la opresión. Y las "octavillas", en la inmensa mayoría de los casos, eran de hecho una declaración de guerra, pues la denuncia producía un efecto terriblemente excitante, movía a todos los obreros a reclamar que se pusiera fin a los escándalos más flagrantes y los disponía a defender sus reivindicaciones por medio de huelgas. Los propios fabricantes tuvieron, en fin de cuentas, que reconocer hasta tal punto la importancia de estas octavillas como declaración de guerra, que, muy a menudo, ni siquiera querían esperar a que empezase la guerra. Las denuncias, como ocurre siempre, tenían fuerza por el mero hecho de su aparición y adquirían el valor de una poderosa presión moral. Más de una vez bastó con que apareciera una octavilla para que las reivindicaciones fuesen satisfechas total o parcialmente. En una palabra, las denuncias económicas (fabriles) han sido y son un resorte importante de la lucha económica. Y seguirán conservando esta importancia mientras exista el capitalismo, que origina necesariamente la autodefensa de los obreros. En los países europeos más adelantados se puede observar, incluso hoy, que las denuncias de escándalos en alguna "industria de oficio" de un rincón perdido o en alguna rama del trabajo a domicilio, olvidada de todas, se convierten en punto de partida para despertar la conciencia de clase, para iniciar la lucha sindical y la difusión del socialismo**.


      * Advertimos, para evitar equívocos, que en la exposición que sigue entendemos por lucha económica (según el uso arraigado entre nosotros) la "lucha económica práctica" que Engels denominó, en la cita reproducida antes, "resistencia a los capitalistas" y que en los países libres se llama lucha gremial, sindical o tradeunionista.
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      ** En este capítulo hablamos únicamente de la lucha política, de su concepción más amplia o más estrecha. Por eso señalaremos sólo de paso, como un simple hecho curioso, la acusación lanzada por Rab. Dielo contra Iskra de "moderación excesiva" con respecto a la lucha económica (Dos congresos, pág. 27; acusación repetida con machaconería por Martínov en su folleto La socialdemocracia y la clase obrera). Si los señores acusadores midieran por puds o por pliegos de imprenta (como gustan de hacerlo) la sección de Iskra dedicada a la lucha económica durante el año y la compararan con la misma sección de R. Dielo y R. Mysl juntos, verían fácilmente que, incluso en este sentido, están atrasados. Es evidente que el conocer esta sencilla verdad les obliga a recurrir a argumentos que demuestran con claridad su confusión. "Iskra –escriben-, quiéralo o no (¡), tiene (¡) que tomar en consideración las demandas imperiosas de la vida y publicar, por lo menos (¡!), cartas sobre el movimiento obrero" (Dos congresos, pág. 27). ¡Menudo argumento para hacernos trizas!
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      Durante los últimos tiempos, la inmensa mayoría de los socialdemócratas rusos han estado absorbida casi enteramente por esta labor de organización de las denuncias de los abusos cometidos en las fábricas. Basta con recordar Rab. Mysl para ver a qué extremo había llegado esa absorción y cómo se olvidaba que semejante actividad, por sí sola, no era aún, en el fondo, socialdemócrata, sino sólo tradeunionista. En realidad, las denuncias no se referían más que a las relaciones de los obreros de un oficio determinado con sus patronos respectivos, y lo único que lograban era que los vendedores de la fuerza de trabajo aprendieran a vender a mejor precio esta "mercancía" y a luchar contra los compradores en el terreno de las transacciones puramente comerciales. Estas denuncias podían convertirse (siempre que las aprovechara en cierto grado la organización de los revolucionarios) en punto de partida y elemento integrante de la actividad socialdemócrata, pero podían conducir también (y, con el culto a la espontaneidad, debían conducir) a la lucha "exclusivamente sindical" y a un movimiento obrero no socialdemócrata. La socialdemocracia dirige la lucha de la clase obrera no sólo para conseguir ventajosas condiciones de venta de la fuerza de trabajo, sino para destruir el régimen social que obliga a los desposeídos a venderse a los ricos. La socialdemocracia representa a la clase obrera en sus relaciones no sólo con un grupo determinado de patronos, sino con todas las clases de la sociedad contemporánea, con el Estado como fuerza política organizada. Se comprende, por tanto, que, lejos de poder limitarse a la lucha económica, los socialdemócratas no pueden ni admitir que la organización de denuncias económicas constituya su actividad predominante. Debemos emprender una intensa labor de educación política de la clase obrera, de desarrollo de su conciencia política. Ahora, después del primer embate de Zariá e Iskra contra el "economismo", "todos están de acuerdo" con eso (aunque algunos lo están sólo de palabra, como veremos enseguida).

      Cabe preguntar: ¿en qué debe consistir la educación política? ¿Podemos limitarnos a propagar la idea de que la clase obrera es hostil a la autocracia? Está claro que no. No basta con explicar la opresión política de que son objeto los obreros (de la misma manera que era insuficiente explicarles el antagonismo entre sus intereses y los de los patronos). Hay que hacer agitación con motivo de cada hecho concreto de esa opresión (como hemos empezado a hacerla con motivo de las manifestaciones concretas de opresión económica). Y puesto que las más diversas clases de la sociedad son víctimas de esta opresión, puesto que se manifiesta en los más diferentes ámbitos de la vida y de la actividad sindical, cívica, personal, familiar, religiosa, científica, etc., ¿no es evidente que incumpliríamos nuestra misión de desarrollar la conciencia política de los obreros si no asumiéramos la tarea de organizar una campaña de denuncias políticas de la autocracia en todos los aspectos? Porque para hacer agitación con motivo de las manifestaciones concretas de la opresión es preciso denunciar esas manifestaciones (lo mismo que arpa hacer agitación económica era necesario denunciar los abusos cometidos en las fábricas).

      Podría creerse que esto está claro. Pero aquí precisamente resulta que sólo de palabra están "todos" de acuerdo con que es necesario desarrollar la conciencia política en todos su aspectos. Aquí precisamente resulta que Rab. Dielo, por ejemplo, lejos de asumir la tarea de organizar denuncias políticas en todos los aspectos (o comenzar su organización), se ha puesto a arrastrar hacia atrás también a Iskra, que había iniciado esa labor. Escuchen: "La lucha política de la clase obrera es sólo" (precisamente no es sólo) "la forma más desarrollada, amplia y eficaz de la lucha económica" (programa de Rab. Dielo: véase su número 1, pág. 3). "En la actualidad, los socialdemócratas tienen planteada la tarea de dar a la lucha económica misma, en la medida de lo posible, un carácter político" (Martinóv en el núm. 10, pág. 42). "La lucha económica es el medio que se puede aplicar con la mayor amplitud para incorporar a las masas a la lucha política activa" (Resolución del Congreso de la Unión (64) y "enmiendas": Dos congresos, pág. 11 y 17): como ve el lector, Rab. Dielo está impregnado de todas estas tesis desde su aparición hasta las últimas "instrucciones a la redacción", y todas ellas expresan, evidentemente, un mismo parecer de la agitación y la lucha políticas. Analicen, pues, este parecer desde el punto de vista de la opinión, dominante entre todos los "economistas", de que la agitación política debe seguir a la económica. ¿Será cierto que la lucha económica es, en general*, "el medio que se puede aplicar con la mayor amplitud" para incorporar a las masas a la lucha política? Es falso por completo. Medios "que se pueden aplicar" con no menos "amplitud" para tal "incorporación" son todas y cada una de las manifestaciones de la opresión policíaca y de la arbitrariedad autocrática, pero en modo alguno sólo las manifestaciones ligadas a la lucha económica. ¿Por qué los jefes de los zemstvos (65) y los castigos corporales de los campesinos, las concusiones de los funcionarios y el trato que da la policía a la "plebe" de las ciudades, la lucha con los hambrientos y la persecución de los deseos de instrucción y de saber que siente el pueblo, la exacción de tributos y la persecución de las sectas religiosas, el adiestramiento de los soldados a baquetazos y el trato cuartelero que se da a los estudiantes y los intelectuales liberales; por qué todas estas manifestaciones de opresión y miles de otras análogas, que no tienen relación directa con la lucha "económica", han de ser en general medios y motivos "que se pueden aplicar" con menos "amplitud" para hacer agitación política, para incorporar a las masas a la lucha política? Todo lo contrarios: es indudable que, en la suma total de casos cotidianos en que el obrero (él mismo o sus allegados) está falto de derechos o sufre de la arbitrariedad y la violencia , sólo una pequeña minoría son casos de opresión policíaca en la lucha sindical. ¿Para qué restringir de antemano la envergadura de la agitación política y declarar que se "puede aplicar con más amplitud" sólo uno de los medios, al lado del cual, deben hallarse, para un socialdemócrata, otros que, hablando en general, "pueden aplicarse" con no menos "amplitud"?


      * Decimos "en general" porque en Rab. Dielo se trata precisamente de los principios generales y de las tareas generales de todo el partido. Es indudable que en la práctica se dan casos en que la política debe, efectivamente, seguir a la economía; pero sólo "economistas" pueden decir eso en una resolución para toda Rusia. Porque hay también casos en que "desde el comienzo mismo" se puede hacer agitación política "únicamente en el terreno económico", puede hacer agitación política "únicamente en el terreno económicos", pese a lo cual Rab. Dielo ha llegado, por fin, a la conclusión de que "no hay ninguna necesidad" de ello (Dos congresos, pág. 11). En el capítulo siguiente probaremos que la táctica de los "políticos" y de los revolucionarios, lejos de desconocer las tareas tradeunionistas de la socialdemocracia, es, por el contrario, la única que asegura su cumplimiento consecuente.
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      En tiempos muy, muy remotos (¡hace un año!…), Rab. Dielo decía: "Las reivindicaciones políticas inmediatas se hacen asequibles a las masas después de una huelga o, a lo sumo, de varias huelgas", "en cuanto el gobierno emplea la policía y la gendarmería" (núm. 7, pág. 15 de agosto de 1900). Ahora, esta teoría oportunista de las fases ha sido ya rechazada por la Unión, la cual nos hace una concesión al declarar que "no hay ninguna necesidad de desarrollar desde el comienzo mismo la agitación política exclusivamente sobre el terreno económico" (Dos congresos, pág. 11). ¡Por este solo hecho el futuro historiador de la socialdemocracia rusa verá mejor que por los más largos razonamientos hasta qué punto han envilecido el socialismo nuestros "economistas"! Pero ¡qué ingenuidad la de la Unión imaginarse que, a cambio de esta renuncia a una forma de restricción de la política, podía llevársenos a aceptar otra forma de restricción! ¿No hubiera sido más lógico decir, también en este caso, que se debe desarrollar con la mayor amplitud posible la lucha económica, que es preciso utilizarla siempre para la agitación política, pero que "no hay ninguna necesidad" de ver en la lucha económica el medio que se puede aplicar con más amplitud para incorporar a las masas a la lucha política activa?

      La Unión atribuye importancia al hecho de haber sustituido con las palabras "el medio que se puede aplicar con la mayor amplitud" la expresión "el mejor medio", que figura en la resolución correspondiente del IV Congreso de la Unión Obrera Hebrea (Bund) (66). Nos veríamos, efectivamente, en un aprieto si tuviésemos que decir cuál de estas dos resoluciones es mejor: a nuestro juicio, las dos son peores. Tanto la Unión como el Bund se desvían en este caso (en parte, quizá, hasta inconscientemente, bajo la influencia de la tradición) hacia una interpretación economista, tradeunionista, de la política. En el fondo, las cosas no cambian en nada con que esta interpretación se haga empleando la palabreja "el mejor" o la expresión, "el que se puede aplicar con la mayor amplitud". Si la Unión dijera que "la agitación política sobre el terreno económico" es el medio aplicado con la mayor amplitud (y no "aplicable"), tendría razón respecto a acierto período de desarrollo de nuestro movimiento socialdemócrata. Tendría razón precisamente respecto a los "economistas", respecto a muchos militantes prácticos (si no a la mayoría de ellos) de 1898 a 1901, pues esos prácticos-"economistas" aplicaron, en efecto, la agitación política (¡en el grado en que, en general, la aplicaban!) casi exclusivamente en el terreno económico. ¡Semejante agitación política era aceptada y hasta recomendada, como hemos visto, tanto por Rab. Mysl como por el Grupo de Autoemancipación! Rab. Dielo debería haber condenado resueltamente el hecho de que la obra útil de la agitación económica fuera acompañada de una restricción nociva de la lucha política; pero, en vez de hacer eso, declara que ¡el medio más aplicado (por los "economistas") es el medio más aplicable! No es de extrañar que estos hombres, cuando los tildamos de "economistas", no encuentren otra salida que ponernos de vuelta y media, llamándonos "embaucadores", "desorganizadores", "nuncios del papa" y "calumniadores"*; no encuentren otra salida que llorar ante todo el mundo, diciendo que les hemos inferido una atroz afrenta, y declarar casi bajo juramento que "ni una sola organización socialdemócrata peca hoy de "economismo""**. ¡Ah, esos calumniadores, esos malignos políticos! ¿No habrán inventado aldrede todo el "economismo" para inferir a la gente, por simple odio a la humanidad, atroces afrentas?


      * Expresiones textuales del folleto Dos congresos, pág. 31,32, 28 y 30.
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      ** Dos congresos, pág. 32.
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      ¿Qué sentido concreto, real, tiene en labios de Martínov plantear ante la socialdemocracia la tarea de "dar a la lucha económica misma un carácter político"? La lucha económica es una lucha colectiva de los obreros contra los patronos por conseguir ventajosas condiciones de venta de la fuerza del trabajo, por mejorar las condiciones de trabajo y de vida de los obreros. Esta lucha es, por necesidad, una lucha sindical, porque las condiciones de trabajo son muy diferentes en los distintos oficios y, en consecuencia, la lucha orientada a mejorar estas condiciones tiene que sostenerse forzosamente por oficios (por los sindicatos de Occidente, por asociaciones sindicales de carácter provisional y por medio de octavillas en Rusia, etc.). Dar a la "lucha económica misma un carácter político" significa, pues, conquistar esas reivindicaciones profesionales, ese mejoramiento de las condiciones de trabajo en los oficios son "medidas legislativas y administrativas" (como se expresa Martínov en la página siguiente, 43, de su artículo). Y eso es precisamente lo que hacen y han hecho siempre todos los sindicatos obreros. Repasen la obra de los esposos Webb, serios eruditos (y "serios" oportunistas), y verán que los sindicatos obreros ingleses han comprendido y cumplen desde hace ya mucho la tarea de "dar a la lucha económica mima un carácter político"; luchan desde hace mucho por el derecho de huelga, por la supresión de todos los obstáculos jurídicos que se oponen al movimiento cooperativista y sindical, por la promulgación de leyes de protección de la mujer y del niño, por el mejoramiento de las condiciones de trabajo mediante una legislación sanitaria y fabril, etc.

      ¡Así pues, tras la pomposa frase de "dar a la lucha económica misma un carácter político", que suena con "terribles" hondura de pensamiento y espíritu revolucionario, se oculta, en realidad, la tendencia tradicional a rebajar la política socialdemócrata al nivel de política tradeunionista! So pretexto de rectificar la unilateralidad de Iskra, que considera más importante –fíjense en esto – "revolucionar el dogma que revolucionar la vida"*, nos ofrecen como algo nuevo la lucha por reformas económicas. En efecto, el único contenido, absolutamente el único, de la frase "dar a la lucha económica misma un carácter político" es la lucha por reformas económicas. Y el mismo Martínov habría podido llegar a esta simple conclusión si hubiese profundizado como es debido en la significación de sus propias palabras. "Nuestro partido –dice, enfilando su artillería más pesada contra Iskra – podría y debería presentar al gobierno reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas contra la explotación económica, contra el desempleo, contra el hambre, etc." (R. D., núm. 10, pág. 42-43). Reivindicar medidas concretas, ¿no es, acaso, reclamar reformas sociales? Y preguntamos una vez más a los lectores imparciales: ¿calumniamos a los rabochediélentsi** (¡que me perdonen esta palabreja poco feliz hoy en boga!) al calificarlos de bernsteinianos velados cuando presentan, como discrepancia suya con Iskra, la tesis de que es necesaria la lucha por reformas económicas?


      * Rab. Dielo, núm. 10, pág. 60. Así aplica Martínov al estado caótico de nuestro movimiento en la actualidad la tesis de que "cada paso de movimiento real es más importante que una docena de programas", cuya aplicación hemos analizado ya antes. En el fondo, eso no es sino una traducción al ruso de la célebre frase de Bernstein: "el movimiento lo es todo; el objetivo final, nada".
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      ** Partidarios de Rabócheie Dielo. (N. de la Edit.)
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      La socialdemocracia revolucionaria siempre ha incluido e incluye en sus actividades la lucha por las reformas. Pero no utiliza la agitación "económica" exclusivamente para reclamar del gobierno toda clase de medidas: la utiliza también (y en primer término) para exigir que deje de ser un gobierno autocrático. Además, considera su deber presentar al gobierno esta exigencia no sólo en el terreno de la lucha económica, sino asimismo en el terreno de todas las manifestaciones en general de la vida sociopoítica. En una palabra, subordina la lucha por las reformas como la parte al todo, a la lucha revolucionaria por la libertad y el socialismo. En cambio, Martínov resucita en una forma distinta la teoría de las fases, tratando de prescribir infaliblemente la vía económica, por decirlo así, del desarrollo de la lucha política. Al propugnar en un momento de efervescencia revolucionaria que la lucha por reformas es una "tarea" especial, arrastra al partido hacia atrás y hace el juego al oportunismo "economista" y liberal.

      Prosigamos. Después de ocultar púdicamente la lucha por las reformas tras la pomposa tesis de "dar a la lucha económica misma un carácter político", Martínov presenta como algo especial únicamente las reformas económicas (e incluso sólo las reformas fabriles). Ignoramos por qué lo ha hecho. ¿Quizá por descuido? Pero si hubiera tenido en cuenta no sólo las reformas "fabriles", perdería todo sentido la tesis entera suya que acabamos de exponer. ¿Tal vez porque estima posible y probable que el gobierno haga "concesiones" únicamente en el terreno económico?* De ser así, resultaría un error extraño. Las concesiones son posibles, y se hacen a veces también en el ámbito de la legislación sobre castigos corporales, pasaportes, pagos de rescate (67), sectas religiosas, censura, etc., etc. Las concesiones "económicas" (o seudoconcesiones), son sin duda, las más baratas y las más ventajosas para el gobierno, pues espera ganarse con ellas la confianza de las masas obreras. Mas por eso mismo nosotros, los soicaldemócratas, en modo alguno debemos dar lugar, ni absolutamente con nada, a la opinión (o a la equivocación) de que apreciamos más las reformas económicas, de que les concedemos una importancia singular, etc. "Estas reivindicaciones –dice Martínov, refiriéndose a las reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas formuladas por él antes –no serían palabras vanas, puesto que, al prometer ciertos resultados palpables podrían ser apoyadas activamente por la masa obrera"… No somos "economistas", ¡oh, no! ¡Unicamente nos humillamos a los pies de la "palpabilidad" de resultados concretos con tanto servilismo como lo hacen los señores Bernstein, Prokopóvich, Struve, R. M. y tutti quanti! ¡Unicamente damos a entender (con Narciso Tuporílov) que cuanto no "promete resultados palpables" son "palabras vanas"! ¡No hacemos sino expresarnos como si la masa obrera fuera incapaz (y no hubiese demostrado su capacidad, pese a los que le imputan su propio filisteísmo) de apoyar activamente toda protesta contra la autocracia, incluso la que no le promete absolutamente ningún resultado palpable!


      * Pág. 43: "Desde luego, si recomendamos a los obreros que presenten determinadas reivindicaciones económicas al gobierno, lo hacemos porque el gobierno autocrático está dispuesto, por necesidad, a hacer ciertas concesiones en el terreno económico".
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      Tomemos aunque sólo sean los mismos ejemplos citados por el propio Martínov acerca de las "medidas" contra el desempleo y el hambre. Mientras Rab. Dielo se ocupa, según promete, de estudiar y elabora "reivindicaciones concretas (¿en forma de proyectos de ley?) de medidas legislativas y administrativas" que "pometan resultados palpables", Iskra, "que considera siempre más importante revolucionar el dogma que revolucionar la vida", ha tratado de explicar el nexo indisoluble que une el desempleo con todo el régimen capitalista, advirtiendo que "el hambre es inminente", denunciando "la lucha de la policía contra los hambrientos", así como el indignante Reglamento provisional de trabajos forzados, y Zariá ha publicado en separata como folleto de agitación, la parte de su Crónica de la vida interior* dedicada al hambre. Pero, Dios mío, ¡qué "unilaterales" han sido esos ortodoxos de incorregible estrechez, esos dogmáticos sordos a los imperativos de la "vida misma"! ¡Ni uno solo de sus artículos ha contenido - ¡qué horror! – ni una sola, ¡imagínense ustedes!, ni siquiera una sola "reivindicación concreta" que "prometa resultados palpables"! ¡Desgraciados dogmáticos! ¡Hay que llevarlos a aprender de los Krichevski y los Martínov para que se convenzan de que la táctica es el proceso del crecimiento, de lo que crece, etc., de que es necesario dar a la lucha económica misma un carácter político!


      * Véase V. I. Lenin, Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 297-319 (N. de la Edit.)
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      "La lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno (¡¡"lucha económica contra el gobierno"!!), además de su significado revolucionario directo, tiene también otro: incita constantemente a los obreros a pensar en su falta de derecho políticos" (Martínov, pág. 44). Si hemos reproducido este pasaje no es para repetir por centésima o milésima vez lo que hemos dicha ya antes, sino para agradecer de manera especial a Martínov esta nueva y excelente fórmula "La lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno". ¡Qué maravilla! Con qué inimitable talento, con qué magistral eliminación de todas las discrepancias parciales y diferencia de matices entre los "economistas" tenemos expresada aquí, en su postulado conciso y claro, toda la esencia del "economismo", comenzando por el llamamiento a los obreros a sostener "la lucha política en aras del interés general, para mejorar la situación de todos los obreros"*, siguiendo luego con la teoría de las fases y terminado con la resolución del congreso sobre el medio "aplicable con la mayor amplitud", etc. "La lucha económica contra el gobierno" es precisamente política tradeunionista, que está muy lejos, lejísima, de la política socialdemócrata.


      * Rabóchaya Mysl, Suplemento especial, pág. 14.
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        b. De cómo Martínov ha profundizado a Plejánov

      "¡Cuántos Sénecas socialdemócratas han aparecido últimamente en nuestro país!", observó cierto día un camarada, refiriéndose a la asombrosa inclinación de mucha gente propensa al "economismo" a alcanzar indefectiblemente con "su propia inteligencia" las grandes verdades (por ejemplo, que la lucha económica incita a los obreros a pensar en su falta de derechos), desconociendo con magnífico desdén de genios innatos cuánto ha proporcionado ya el desarrollo anterior del pensamiento revolucionario y del movimiento revolucionario. Un genio innato de esta índole es precisamente Séneca-Martínov. Den un vistazo a su artículo Problemas inmediatos y verán cómo llega con "su propio entendimiento" a cosas dichas hace ya mucho por Axelrod (al que nuestro Séneca, como es natural, silencia por completo); cómo empieza, por ejemplo, a comprender que no podemos pasar por alto la oposición de tales o cuales sectores de la burguesía (Rabócheie Dielo, núm. 9, pág. 61, 62, 71; compárese con la Respuesta de la redacción de R. D. a Axelrod, pág. 22, 23-24), etc. pero -¡ay! – sólo "llega" y no pasa de "empezar", ya que, a pesar de todo, no ha comprendido aún las ideas de Axelrod hasta el punto de que habla de "lucha económica contra los patronos y el gobierno". Rab. Dielo ha venido acumulando fuerzas durante tres años (de 1898 a 1901) para comprender a Axelrod y, pese a ello ¡no lo ha comprendido! ¿Quizás también se deba esto a que la socialdemocracia, "a semejanza de la humanidad", se plantea siempre únicamente tareas realizables?

      Pero los Sénecas no se distinguen sólo porque ignoran muchas coas (¡eso sería una desgracia a medias!), sino también porque no ven su ignorancia. Eso es ya una verdadera desgracia, y esta desgracia los mueve a emprender en el acto la labor de "profundizar" a Plejánov.

      "Desde que Plejánov escribió el folleto citado (Las tareas de los socialistas en la lucha contra el hambre en Rusia) ha corrido mucho agua bajo los puentes –cuenta Séneca-Martínov -. Los socialdemócratas, que en el transcurso de diez años han dirigido la lucha económica de la clase obrera…, no han tenido aún tiempo de ofrecer una amplia argumentación teórica de la táctica del partido. Hoy esta cuestión ha madurado, y si quisiéramos ofrecer esa argumentación teórica, tendríamos, sin duda, que profundizar considerablemente los principios tácticos desarrollados en su tiempo por Plejánov… Ahora tendríamos que definir la diferencia entre la propaganda y la agitación de una manera distinta a como lo hizo Plejánov" (Martínov acaba de citar las palabras de Plejánov: "El propagandista comunica muchas ideas a una sola o a varias personas, mientras que el agitador comunica una sola idea o un pequeño número de ideas, pero, en cambio, a toda una multitud"). "Nosotros entenderíamos por propaganda la explicación revolucionaria de todo el régimen actual o de sus manifestaciones parciales, indiferentemente de que se haga en una forma accesible sólo para algunas personas o para la multitud. Por agitación, en el sentido estricto de la palabra (¡sic!), entenderíamos el llamamiento dirigido a las masas para ciertas acciones concretas, la ayuda a la intervención revolucionaria directa del proletariado en la vida social".

      Felicitamos a la socialdemocracia rusa –e internacional – por esta nueva terminología martinoviana, más estricta y más profunda. Hasta ahora creíamos (con Plejánov y con todos los líderes del movimiento obrero internacional) que sin un propagandista trata, por ejemplo, el problema del desempleo, debe explicar la naturaleza capitalista de las crisis, mostrar la causa que las hace inevitables en la sociedad actual, exponer la necesidad de transformar la sociedad capitalista en socialista, etc. en una palabra, debe comunicar "muchas ideas", tantas, que todas ellas en conjunto podrán ser asimiladas en el acto sólo por pocas (relativamente) personas. En cambio, el agitador, al hablar de este mismo problema, tomará un ejemplo, el más destacado y más conocido de su auditorio –pongamos por caso, el de una familia de parados muerta de inanición, el aumento de la miseria, etc. – y, aprovechando ese hecho conocido por todos y cada uno, orientará todos sus esfuerzos a inculcar en la "masa" una sola idea: la idea de cuán absurda es la contradicción entre el incremento de la riqueza y el aumento de la miseria; tratará de despertar en la masa el descontento y la indignación contra esta flagrante injusticia, dejando al propagandista la explicación completa de esta contradicción. Por eso, el propagandista actúa principalmente por medio de la palabra impresa, mientras que el agitador lo hace de viva voz. Al propagandista se le exigen cualidades distintas que al agitador. Así, llamaremos propagandistas a Kautsky y a Lafargue; agitadores, a Bebel y Guesde. Pero segregar un tercer terreno o tercera función de actividad práctica incluyendo en esta función "el llamamiento dirigido a las masas para ciertas acciones concretas", constituye el mayor desatino, pues el "llamamiento", como acto aislado, o es un complemento natural e inevitable del tratado teórico, del folleto de propaganda y del discurso de agitación, o es una función netamente ejecutiva. En efecto, tomemos, por ejemplo, la lucha actual de los socialdemócratas alemanes contra los aranceles cerealistas. Los teóricos escriben estudios sobre la política aduanera y "llaman", supongamos, a luchar por la conclusión de tratados comerciales y por libertad de comercio; el propagandista hace lo mismo en una revista, y el agitador, en discursos públicos. Las "acciones concretas" de las masas consisten en este caso en firmar peticiones dirigidas al Reichstag, reclamando que no se eleven los aranceles cerealistas. El llamamiento a esta acción parte indirectamente de los teóricos, los propagandistas y los agitadores, y directamente, de los obreros que recorren las fábricas y las viviendas particulares recogiendo firmas. Según la "terminología de Martínov", resulta que Kautsky y Bebel son propagandistas, y los portadores de las listas de adhesión, agitadores. ¿No es así?

      El ejemplo de los alemanes me ha hecho recordar la palabra alemana Verballhornung, que traducida literalmente significa "ballhornización". Juan Ballhorn fue un editor de Leipzig del siglo XVI; publicó un cantón, en el que, siguiendo la costumbre, incluyó un dibujo que representaba un gallo, pero, en lugar de la estampa habitual del gallo con espolones, figuraba uno sin espolones y con dos huevos al lado. Y en la portada del cantón agregó: "Edición corregido de Juan Ballhorn". Desde entonces, los alemanes dicen Verballhornung al referirse a una "enmienda" que, de hecho, empeora el original. Y no puede menso de recordarse a Ballhorn al ver cómo los Martínov "profundizan" a Plejánov…

      ¿Para qué ha "inventado" nuestro Séneca este embrollo? Para demostrar que Iskra, "lo mismo que Plejánov hace ya unos quince años, presta atención a un solo aspecto del asunto" (pág. 52). Si traducimos esta última frase del lenguaje de Martínov a un lenguaje corriente (pues la humanidad no ha tenido aún tiempo de adoptar esta terminología recién descubierta), resultará lo siguiente: en Iskra, las tareas de propaganda y agitación políticas relegan a segundo plano la tarea de "presentar al gobierno reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas" que "prometen ciertos resultados palpables" (O, en otros términos, reivindicaciones de reformas sociales, si se nos permite emplear una vez más la vieja terminología de la vieja humanidad, que no ha llegado aún al nivel de Martínov). Proponemos al lector que compare con esta tesis la retahíla siguiente:

      "En estos programas" (los programas de los socialdemócratas revolucionarios) "nos asombrará también que coloquen eternamente en primer plano las ventajas de la actividad de los obreros en el Parlamento (que no existe en nuestro país) dando de lado por completo (a causa de su nihilismo revolucionario) la importancia de la participación de los obreros en las asambleas legislativas de los fabricantes, asambleas que sí existen en nuestro país, para discutir asuntos de las fábricas… o aunque sólo sea, de la participación de los obreros en la autogestión urbana…"

      El autor de esta retahíla expresa de una manera algo más directa, clara y franca la idea a que ha llegado con su propio entendimiento Séneca-Martínov. El autor es R. M., en le Suplemento especial de "Rabóchaya Mysl" (pág. 15).


      c. Las denuncias políticas y la necesidad de "infundir actividad revolucionaria"

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